Noche de reyes

13:25

Vengo de una parte del mundo donde la noche de reyes es casi tan importante como la Navidad. En casa era todo un protocolo, mamá conseguía los regalos y los escondía en alguna parte de la casa donde fuera seguro que yo no iría y por supuesto, yo no sabía nada excepto que esa noche Melchor, Gaspar y Baltasar iban a estacionarse en mi techo con todos sus camellos y me iban a dejar muchos, pero muchos regalos, incluso más de los que Papá Noel podía dejarme. Entonces esa tarde el noticiero de la tele nos recordaba a todos que teníamos que tener prontos el pasto y el agua para que los camellos pudieran comer y los zapatitos bien puestos en la entrada de la casa para el regalito sorpresa.
Y ahí estaba yo, corriendo al frente de casa para cortar suficiente pasto para los tres camellos y llenando los recipientes de agua para ponerlos cerquita del árbol de Navidad.
Era ley dormir temprano, porque nunca se sabía a qué hora podían llegar los reyes ¡y de ninguna manera podían ser vistos! Así que dejaba mi par de zapatos favoritos colocados perfectamente contra la pared y me iba a la cama. Puedo asegurar que más de una vez escuché las campanas que anunciaban sus llegadas (incluso si eran solamente mi madre y mi abuela jugando mientras acomodaban los regalos) y era tal la emoción (y el miedo mezclado con los nervios de estar despierta) que me forzaba a dormirme todavía más rápido, ¡no fuera a ser que me descubrieran despierta y no quisieran dejarme nada!
Al amanecer los sillones de la sala estaban llenos de regalos de todos los tamaños existentes, el agua derramada por el suelo, el pasto regado por todas partes (una buena señal de que los camellos habían disfrutado del aperitivo) y los zapatitos llenos de monedas y billetes. Una niña no podía ser más feliz. Y que era feliz.

Hoy en día he descubierto que lo menos emocionante de la noche de reyes eran los regalos. Yo disfrutaba enormemente la emoción de que esos tres hombres iban a entrar a mi casa por la noche con camellos y que a la mañana siguiente podría comprobar una vez más que efectivamente los reyes magos existían. Deje de creer en Papá Noel cerca de los 6 años, pero creí en los reyes hasta los 8. La única razón eran las campanas que sonaban en el medio de la noche mientras todos dormíamos, así que gracias familia por mantenerme viva la ilusión.

Hoy en día la Navidad y la noche de reyes tienen un significado muy distinto para mí. Uno crece, conoce la verdad tras el cuento y empieza a mirarlo todo con otros ojos. Papá Noel y los reyes dejaron de ser los protagonistas y su lugar lo ocupó Jesús, el hijo de Dios que verdaderamente llegó para darnos un cambio.

De todos modos no cambiaría nada de esos años. La ilusión de un niño frente a lo desconocido es irreemplazable, lo que se siente al creer en algo que no se puede ver es precioso. Era como un entrenamiento a lo que la fe significaba, confiar en que esa noche ellos llegarían a mi casa y dejarían algo, hoy lo tomo como algo que hizo mucho más simple para mi cultivar mi fe en Dios, que aunque no puedo verlo sé que está y que nunca me deja sola. Difícil de explicar, pero con mucho sentido.

Gracias , gracias Mamina, por dejarme creer que lo invisible a los ojos igual existe y está, sin siquiera pensarlo sembraron en mi lo que más tarde iba a ser una plantita de fe que iba a ir creciendo poquito a poco.

¡Feliz noche de reyes!


Encárguense de sembrarle esa semilla a un niño y al crecer este nunca estará sólo.

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