Estrellas de ceniza
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Mateo
era un hombrecito —de noventa centímetros, con la cabeza llena de rulos y unos
enormes ojos avellanados —muy inteligente. Con solo cuatro años recién
cumplidos ya sabía contar hasta treinta, cantar el abecedario entero con una
melodía graciosa que él mismo había inventado, escribir su nombre completo y
—aunque parezca difícil de creer—, distinguir cada una de las constelaciones
que adornaban el cielo nocturno sobre su cabeza. Su favorita era “El escorpión”,
porque para su inocente e inagotable imaginación, era la única que de alguna
manera mantenía su verdadera forma.
Su
madre, periodista en los medios —siempre con la mirada en tierra firme —y su
padre, un ingeniero civil —que jamás había despegado los ojos de los planos
para observar el cielo—, no entendían el afán del pequeño con las estrellas y
mucho menos como a tan corta edad su primogénito había resultado ser tan bueno
en la astronomía, pero dado a que los niños absorben información como esponjas,
terminaron suponiendo que todo era gracias a Disney Junior y sus programas
interactivos. Lo cierto era que, cualquiera que fuera la fuente de información
de Mateo, había cultivado en él una pasión única que lo llevaba a mirar por la
ventana cada noche y dibujar líneas en hojas de dibujo que para sus padres no
eran más que garabatos, aunque escondían las formas perfectas del firmamento.
La
parte más fría del invierno acababa de empezar y con ella dos semanas enteras
para disfrutar de Mateo en casa y encontrar una serie de actividades que lo
mantuvieran ocupado, entretenido y feliz.
El
primer sábado de las vacaciones llegó colmado de expectativas para el pequeño a
quien le habían prometido una visita al planetario por primera vez. Era
imposible que el niño pudiera albergar un gramo más de emoción en su cuerpo
mientras su madre aparcaba el auto en la playa de estacionamiento del
planetario de la ciudad, pero todo dio un giro de ciento ochenta grados
mientras iban de camino al edificio principal y algo llamó la atención del
hombrecito de cuatro años, que en el correr de unos pocos segundos abandono la
emoción y se adentró a un estado pensativo y vacilante.
—¡Mamá,
mira! —el niño tironeó de la chaqueta que cubría el cuerpo friolento de la
mujer hasta que logró que ésta se detuviera. El tono de su voz demandaba mucha
seriedad para alguien tan pequeño.
—¿Qué
es, corazón? —preguntó la madre mientras se agachaba para quedar a la altura
del niño y asegurar su abrigo azul Francia. No quería que entrara ni una pizca
de aquel frio de invierno.
—Allá
—Mateo señaló con su pequeño brazo hacia un edificio en plena construcción, la
mitad de ésta aun con paredes carbonizadas —, el edificio grande…
Al
dirigir la vista hacia los muros quemados, la mujer recordó el accidente que
había surgido cinco años atrás, aquel que ella misma se había encargado de
cubrir con sus compañeros de periodismo en el último año de universidad, primera
plana en cada periódico y protagonista en cada noticiero, donde una noche de
verano en plena presentación un cortocircuito había dejado a medio planetario
en llamas. Pensó que al fin, después de varios años, habían recaudado el dinero
suficiente para la reconstrucción y volvió la mirada a su hijo, que mantenía la
vista clavada en el hollín con los ojos empañados.
—Hubo
un accidente hace años —Le explicó con las palabras adecuadas, de modo que el
pequeño pudiera entenderla —, hubo un incendio… Todo estaba lleno de fuego
—Mateo apartó la vista de los muros y la miró con los ojos perdidos —, pero
luego vinieron muchos bomberos y salvaron a todo el mundo apagando el fuego con
las mangueras de agua, igual que vimos la otra noche en esa película, ¿Te acuerdas?
—Sí,
ya se —Mateo soltó la mano de su madre y se cruzó de brazos con la mirada fija
nuevamente en la pared impregnada de hollín—. Las estrellas se veían enormes
ahí adentro —Comentó con inocencia—, pero los bomberos nunca entraron —La mujer
no comprendió lo que su hijo le había dicho casi en susurros. El viento
empezaba a soplar con rudeza.
—¿Qué
dices, amor? —Preguntó lista para seguir su paso hacia el interior del
planetario, pero la voz del niño volvió a detenerla.
—Yo
estaba ahí y los bomberos nunca entraron —repitió Mateo, esta vez con la fuerza
suficiente en su voz —… No le paso nada a mi mamá y a mi hermano, estoy seguro
de eso, pero creo que algo malo pasó conmigo...
Y en
ese preciso momento todo se aclaró en la mente de su madre, el corazón pareció
detenerse. Una línea de sudor frio recorriendo todo el largo de su espalda.
“Catastrófico
incendio en el Planetario de la ciudad.
Decenas
de heridos. Un muerto, profesor de astronomía
de
la Universidad del Norte, 40 años, soltero.”

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