Divagación
22:46
Estaba
ese niño pequeño, de ojos negros e infinitos, sentado a los pies de la escalera.
A la izquierda, casi al otro lado del salón, una luciérnaga descansaba encima
de un portarretratos. Ella era la luz y él era el olvido, ella era lo efímero y
él era lo eterno.
Estaba
esa niña guapa, de sonrisas con hoyuelos, dibujaba un algodón, de esos que
parecen nubes y esperaba otro futuro con más sabor a pasado. Ella era como la
lluvia, constante y uniforme. Preciosa, pero fría. Enriquecedora, pero
destructiva.
Estaba
ese tiempo corto al que llaman “vida” y ese soplo infinito denominado “instante”.
Pues,
en algún momento de esa corta vida aquellos ojos, negros e infinitos, se
toparon con un pequeño hoyuelo, que nacía justo al final de una tierna sonrisa.
Y ahí estaba, el dueño del olvido,
perdido, desconcertado y más allá estaba ella, fuerte y decidida, como una
tormenta. Un momento infinito y una imagen decisiva, porque esa tormenta cesaría,
intrigada por la calma del olvido y el olvido se aferraría al recuerdo, solo
para no olvidarse de ella.
Y es
que así es como actúa el señor amor, te saca del puesto seguro y te entierra en
lo desconocido, solo para verte crecer de nuevo, pero esta vez, enterrando tus
demonios y mostrándote un nuevo cielo. Imperfecto, extraño, emocionante y
completo.
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